Dojo Kun.

Ya con cuatro años, empuñó la espada de bambú que su abuelo le había construido.

Las sentencias del sol y la lluvia le habían arrastrado hasta el día presente, que anochecía. La hojas verdes del bosque y el río contaban leyendas que se iban perdiendo en el viento. Él se sentó a reposar bajo un manzano, de flores tímidas, aún ocultas. Pronto se haría de noche, pero parecía que la oscuridad y las estrellas le daban aquel día una tregua, todo estaba dispuesto para que pensara. Y es infinita la capacidad de la realidad, de lo natural, de hacer pensar. Pensó en sí mismo en un futuro ya lejano, recordando cómo aquel día, la divinidad que en la naturaleza existe, le hizo pensar en sí mismo recordando. Y así sucesivamente. Y sucesivamente el tiempo se completaba, se rellenaba y se solapaba irremediablemente e indefectiblemente, con esa fuerza que lo caracteriza.
Buscó en la lejanía algún resquicio de lo que él fue, lo buscó en los montes surcados de poniente y en las tierras de la llanura. Pero lo encontró bajo aquel manzano de las flores tímidas, esas flores que salen solo en primavera y al amor de la lumbre. Lo encontró en sí mismo y en su futuro yo. Lo encontró ligado a su presente, en su memoria. Entonces las flores parecieron hablarle; le contaron las historias más bellas, todas esas historias que un árbol ha observado. Y lo mecieron en la soledad del ocaso, con los últimos fulgores del aquel sol sediento de noche, que quería contemplar cómo él se dormía.
Soñó con la infancia. Con aquel campo verde donde jugaba, donde aprendió el arte de la espada. Soñó con aquel campo verde de ligera inclinación, de donde huyó tan pronto su amor primero, tan pronto… Soñó todas las cosas que nunca había dicho, soñó cada movimiento y cómo los diseccionaba. Soñó la tranquilidad de espíritu, la disciplina y el silencio con los ojos cerrados, quedos y callados. Soñó con lo onírico y con lo que nunca nadie más sueña. Soñó con él mismo y con Su Espada.
Amaneció por la noche, de madrugada. Recogió lo poco que llevaba y se fue, en silencio, sin esperar al sol. Al alba, ya sería otro. Quizá el sol no lo reconociera. Pero él siempre se lo agradecería.

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