Capítulo IV: El poliespán

La puerta parecía estar cerrada por dentro. Por más que gritara “¿Estás OK?” el guiri no respondía. Saltó varias veces contra la puerta antes de darse cuenta de que era una puerta corredera. Al entrar el panorama era desolador. Su compañero de viaje yacía tumbado en el suelo lleno de bolas de poliespán manchadas de sangre, mientras que infinidad de bolitas blancas seguían cayendo por la cañería que cruzaba la habitación. Un trozo de tubería se había desprendido golpeando al que llamaría como Jack mientras descubría su nombre verdadero. Llamó a gritos a los dueños de la posada, aunque le extrañó que la ventana de la habitación estuviera abierta. Podría ser sueco, o finlandés, u ottaweño, pero frío hacía como para mantener la ventana cerrada y evitar que Articuno se colara volando en el cuarto pidiendo manta y caldo.

Los dueños de la posada parecían no extrañarse de que una de sus tuberías saliera poliespán a presión, pero aquel era un pueblo raro, un prófugo que escapaba de la navidad no era quién para juzgarlos. Cuando los médicos determinaron que efectivamente Jack había muerto a causa del golpe, la policía llegó. Y qué policía. La inspectora Martínez interrogó al fontanero secreto durante unos diez minutos, aunque a éste le parecieron eternos. Eusebio (así le había dicho que se llamaba) luchó por no mirar al escote de su interlocutora o liarle una bufanda de dos metros por ese esbelto cuello. Que una cosa es dejar a su mujer por fiestas y otra muy distinta mirar a otra.

Las preguntas fueron simplemente rutinarias, a todas luces era un accidente y Jack, que en realidad se llamaba Simon y era danés, como Scooby-Doo, sería repatriado en unos días. Se le olvidó mencionar que había recibido un misterioso sobre, aún estaba en estado de shock. Una vez cenado y con un skyjama adquirido en su paseo por el pueblo abrió el sobre. Un fabuloso iPad Air había entrado por la rendija de la puerta y Eusebio no tenía ni idea de quién podría conocer su verdadero nombre ni qué hacer con aquel cacharro, ni mucho menos cuál sería el código de desbloqueo.

Jugando con el patrón de la pantalla probó a escribir la letra que aparecía en el sobre. Bingo. Quizá el sobre no fuese dirigido a él al fin y al cabo. Un vídeo de Youtube estaba ya cargado y presto a ser visto:

Anda, pues sí que era para él.

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