Nielle

Es ese día de grises nubes, en la tarde sin puesta de sol, sin ese tono anaranjado tan detestable que envuelve al mundo. El día en el que todo parece estar apagado, sin lluvia, sin sol, sin cielo, tan sólo nubes oscuras. Observas, el vecindario en el que siempre quisiste vivir, y de hecho, en el que vives. La calle ancha, tranquila, de grandes casas con garaje y jardín, ese jardín dividido por el camino que te invita desde la acera hasta adentrarte en el hogar. Ese hogar del árbol de Navidad y chimenea. Tu estás fuera de tu garaje, en el cual tocas el bajo con tu banda de colegas. Los vecinos se conocen todas vuestras canciones. Pero hoy no hay nadie en ese garaje abierto. Y tampoco nadie más en la calle, solo tú, en la acera. Pareces ver el sin color de las cosas, ya todo aparece en tu retina con el mismo tono grisáceo de la tarde silenciosa que todos recordamos haber visto al menos una vez en la vida. El ambiente es perfecto, inspirador a más no poder. Miras como avanzan las nubes y el viento te acaricia la cara. Es el momento. Te tumbas en el suelo entre la acera y tu garaje, ignorando todo el césped que rodea tu casa. Decides ponerte los auriculares y darle al play, sin reparos.

Cierras los ojos y esperas unos instantes mientras agudizas el oído para adivinar cual es la canción que te hará volar. El volumen va surgiendo, creciendo lentamente. Al fin la identificas, es ‘Ashes in the Snow’ de MONO. «Perfecto», te dices a ti mismo. Dejas la mente en blanco, ignorando todo tu alrededor. Sólo el sentido del tacto resulta imposible de desactivar por culpa del viento y su incesante caricia. En cuanto al oído, notas como se adapta hasta parecer inexistente. No ves nada, ni sientes nada. Acabas de dejar de existir. Sólo eres un alma, fuera de su recipiente. Tu cuerpo descansa tumbado en el suelo. Conforme avanza la música, comienzan a aparecer imágenes en tu mente. Imágenes que brillan felices en un pasado que ilumina las sombras del presente. Son imágenes agitadas, muy dinámicas y coloridas, con dos jóvenes como protagonistas.

Uno de ellos eres tú, unas cuatro estaciones más joven. El otro es ella, igual de perfecta que siempre. Jugáis como párvulos en el prado verde de la montaña. Ambos reís como si no existiera un mañana, como si todo lo ajeno a vosotros no existiera. Sois jóvenes y únicos, disfrutando el uno del otro. El Sol del atardecer os intenta cegar la mirada, pero la tuya resiste sólo por ver su sonrisa. Es esa sonrisa la que hace que sientas un cosquilleo en el estómago cuyo significado no quieres recordar, porque el presente duele. Ella se adelanta, corre a refugiarse del acoso solar bajo el gran árbol. Mientras huye puedes ver cómo los rayos de sol atraviesan los finos hilos de su larga camisa blanca de verano. Llegáis a los pies del árbol centenario y os tomáis la mano. Puedes recordar con total perfección la suavidad de esas frías manos blancas. Con la ciudad a vuestros pies, la hacéis testigo de una promesa. «Nunca me dejarás sola», dice. Tú te entregas a sus palabras con profunda convicción.

Pero se te olvida pedirle lo mismo a ella.

Anochece, y debéis regresar a vuestras casas. Tomas la bicicleta y ella se monta en la parte de atrás. Juntos bajáis la carretera cuesta abajo, hacia la ciudad. Ella te abraza desde atrás y deja caer su cabeza en tu hombro. Te sientes orgulloso de aquel joven que dio su palabra un día de color, y hasta el día de hoy no ha roto su promesa.

Pero de nada sirve ser honrado en estos tiempos.

Notas como despiertas poco a poco. Abres los ojos de par en par y sigues ahí, tumbado en el frío cemento del suelo, frente a tu garaje. Es exactamente el mismo instante, pues las nubes oscuras parecen no haberse movido ni un sólo milímetro. El día sigue con el mismo tono gris y el viento sigue haciéndote de las suyas. Pero percibes un olor diferente, un agradable olor del pasado que te resulta familiar. Giras la cabeza y ahí está ella. Tumbada contigo, a tu lado derecho, en tu acera. Estáis tan cerca que vuestros brazos hacen contacto y tú no te has dado ni cuenta. Ella también mira a las nubes con una cara hermosa, pero totalmente inexpresiva. Aún así sigue igual de resplandeciente que siempre, como una estrella entre tanto gris.

-Hey, me alegra muchísimo volver a verte. Perdona no haberme dado cuenta antes… ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

……………………………………………………………………

Es un día gris, de nubes oscuras. En un vecindario perfecto, amplio, de casas con jardín y garaje. Un señor sale de su casa a tirar la basura y pasear a los perros. Comienza su recorrido, pero en mitad de la calle se detiene. La imagen de un joven tumbado en el suelo y hablando sólo es algo que lo desconcierta.

Un día gris, de nubes oscuras.

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