Derecho Constitucional I/II.

Su padre se murió, pero él seguía siendo abogado del Estado. Con los siete mil sueldos al mes, con las leyes aprendidas desde Roma hasta Antioquía, con los sistemas monetarios perfectamente controlados, y con los tres divorcios diarios. Su mujer no era su mujer, era la mujer del bombonero, del camarero del bar de la esquina, del podador de lo setos, del limonero.

El mismo abogado del estado que tenía miedo de aquellos nombres tan extraños… Aquel que aprendió a deshumanizarse para coexistir con la Constitución del 78, porque para el nuevo Estado en el que todos cabían, no había más constituciones que esa.

Fue a visitarlo cuando le entró la enfermedad de la familia. Su padre lo quería a su lado estando al borde de la muerte, para no se sabe muy bien qué. Durante más de una semana estuvo prácticamente a solas con aquel padre que había sido más bien un señor procurador. No le había contado cuentos, no le había enseñado a cortar el césped por las tardes, ni en verano lo había llevado al estanque de los patos. No había sido nada remotamente parecido a un padre.

Parece que al borde de la muerte uno no lo olvida todo. Se olvida con la muerte, con la ausencia, con el silencio. Y aquel padre no quiso callarse en sus últimos momentos. No le habló a él nada más que de él, de SU hijo, de SU hijo, de SU hijo. Lo adoraba.

Y murió. La demanda de la muerte era la de los que nunca cesan en su empeño. La oferta, ochenta años de tabaco, copas de anís por la mañana y de hacerse respetar ante los demás. El mercado estaba perfectamente construido y una vez más funcionaba, una vez más favorecía a los poderosos.

El abogado del Estado llegó en la mañana y encontró al padre vencido, vendido a la muerte que nunca tenía bienes en stock. La ventana de la habitación recortaba la luz del sol. Tenía los labios algo agrietados, con una geografía extraña, recorridos por una legión extranjera de silencio y babas secas. Había quedado en silencio, pero no en un silencio agarrado y revenido como el silencio que aquel padre había mantenido en vida. Ahora el silencio era inocente, el silencio de los que no saben hablar, o de los que callan porque temen quedar como tontos. Aquel padre había sido un tonto. Por ser un materialista, por haberse perdido a un hijo, por no haber creído en Dios ni en nada.

Una vez incinerado, nunca supieron dónde arrojarlo. Ni el viento lo quería.

 

PD:

Artículo 4

Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.»

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