“I belive in pink […].”

Para ti, que nunca elegiste cumplir años en un día extraño y diferente como el de hoy. Un día más.

El despertador a las seis de la mañana, el café solo y el cigarro. El espejo quebrado con bordes de madera, el largo pasillo, las ventanas abiertas, las habitaciones ventiladas. La ropa apropiada de cada día.

Montarse en el metro, avanzar por la frías y poco pobladas calles a aquellas horas, la reflexión de cada semáforo de peatones en rojo, la línea de coches infinita. Las avenidas repletas de cuerpos metálicos, los ojos de los transeúntes momificados en un instante de limbo entre sueño y vigilia, el secreto que buscó un día Descartes en la duda. Incluso el viento, el sol y el horizonte; todos y cada uno de los elemento de la realidad, de su realidad, eran preludios sencillos y recatados que venían a alumbrar el que para ella era el único lugar importante del mundo, de su mundo, aquella calle inmensa donde estaba una de las tiendas (o casa de modas, como decían los entendidos) de Givenchy. Hubert Taffin de Givenchy era una especie de monumento humano de pelo plateado y boca minúscula, de unos ojos azules y un traje negro del que se dijera que era su piel misma. Ella era una dependienta más, alguna mujer que encajaba en los ideales impuestos y autoimpuestos, una señora servicial, poco ruidosa y menuda.

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A sus ojos, la moda no tenía ninguna gracia. Pero la cuestión allí era otra. Sencillamente toda la soledad a la que se sometía era para mantener aquella mediocridad requerida para ser una dependienta de Givenchy. Y pesar de todo, más que el trabajo, amaba el lugar. Lo amó desde el momento en que entró por primera vez, entonces como una cliente más. Quedó embriagada por el perfume que impregnaba el aire, al tiempo supo que se llamaba L´interdit, creado por el mismo Givenchy para una actriz cuyo nombre nunca conseguía recordar. Aquello de ver cine tampoco contribuía a mantener la mediocridad. Sintió el magnetismo de aquel lugar, que la llevó irremediablemente a caminar a través del inmenso pasillo central y encarar una imagen enmarcada en lo alto de la grandiosa pared posterior de aquella gran nave. Era una recreación ampliada de un dibujo del propio Givenchy, con el fondo blanco y dos dibujos muy esquemáticos en negro. Casi en su completitud rayados, representaban la figura de una mujer vista desde atrás, ataviada con un vestido, un collar que pretendiera ser de perlas, unos guantes largos de satén o quizá de terciopelo y cigarro con su boquilla larga que aquel personaje sujetaba con la mano derecha.

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Aquella imagen la tenía atrapada. En uno de los pocos instantes en que mostró al mundo sus deseos, consiguió atender la parte del mostrador que le permitía ver siempre, desde un ángulo más o menos considerable, aquella reliquia a la que tanto valor atribuían, pero a la que nadie, nadie más que ella, prestaba atención. Una atención como muestra de un cariño, de un ansia inesperada que le surgía entre el pecho y la espalda cada vez que se quedaba prendada de aquella representación. Ella que nunca había tenido pasiones, que siempre había habitado en la apatía, esa parte del mundo que cada vez está más poblada, había encontrado un impulso fuerte, como un tropismo que incita al árbol a crecer, una necesidad de preguntarse y de vivir para encontrar una respuesta. ¿Y si en algún momento aquella mujer de figura graciosa y recortada se giraba? ¿Y si la miraba a los ojos sin ninguna muestra de timidez en sus ademanes, como nunca nadie lo había hecho? ¿Y por qué no una caricia, un acercamiento fuera de los límites de lo común entre personas ajenas, o quizá, un beso?

Ella nunca lo supo, pero aquello que sentía por la imagen era parecido a lo que el resto del mundo solía llamar amor.

Y como todos los días, al llegar la hora de volver a casa, sus compañeras de trabajo con las que nunca había establecido relación alguna, se reían de ella. Una risa infantil despojada de toda inocencia, algo parecido a como ríen las hienas. Esa ignominia general que recorre todos los rincones de lo ajeno, que alimenta la envidia y el mal parecer. Una risa parecida a esa que nos oprimía cuando éramos unos niños foráneos al mundo y sus reglas, esa risa que se despertaba en el aula cuando todos se enteraban de cuál era tu primer e inocente amor.

Las dependientas, que ya eran adultas (según el sentido estricto de la palabra), no se hubieran mofado de ella si se hubiera buscado un novio, eso entraba dentro de los designios de la realidad que todos nos hemos fabricado. Se mofaban de ella precisamente porque se había atrevido, sin saberlo, a romper el esquema, a soñar.

Ella, que se reconocía y se resguardaba en el escudo de la normalidad, sabía perfectamente lo que sucedía. Pero en un alarde de amor propio, salía cada día a la misma hora, por la mima puerta lateral y con la misma cara de circunstancia, intentado siempre imitar aquella imagen que tanto admiraba.

Pero claro… No todos podemos ser ella, esa grabada para siempre en la imagen del mundo.

Porque aunque aún nos queda la elegancia, la esperanza de que nunca se desvanezca es cada vez menor.

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