La búsqueda del tesoro

Hace un tiempo se propuso la imposición de una palabra aleatoria que debía ser incluida en el título/cuerpo/argumento. El afortunado vocablo escogido fue ENVICIAR. Ésta es la segunda entrada usando dicha palabra. Lean, disfruten, comenten, compartan.

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Maldito… – masculló Lucía. Era una mezcla de sentimientos la que la embargaba cada vez que Arturo, su bien amado padre, la exponía a una de sus pruebas o juegos mentales. Por un lado sentía el hastío del que sufre el empecinamiento de un cabezota, pero por otro, la emoción de que algo se escondía al final del camino.

Desde pequeña, su padre la había expuesto a una prueba mental, un juego de pistas, un problema matemático o cualquier otro tipo de rompecabezas cada vez que iba a darle un regalo de cumpleaños, un poco de dinero, un presente tras algún viaje, o cualquier otro obsequio que alguna vez comprara sin motivo aparente. Como siempre decía él: “Tendrás lo que mereces, pero no sin antes pensar un rato”. A veces la prueba duraba minutos, otras horas, y en ocasiones había llegado a prolongarse durante varios días enteros; y Arturo nunca cedía por mucho que su hija le implorase misericordia o solicitara el fin de su sufrimiento. No es tan difícil…- era siempre su respuesta.

Aquél juego había empezado la mañana del primer sábado de febrero de 2015 con una simple pista pegada en el cabecero de su cama, y diez pistas más tarde, a las 17:35 del mismo sábado, Lucía se encontraba con un papelito en la mano en el que se leía con letras mayúsculas: ENVICIAR, y debajo, con letras más pequeñas: ¿qué pregunta cabría hacerse?

¿Que qué pregunta cabía hacerse? ¡Cualquiera que diera como respuesta el paradero de lo que fuera a recibir! ¿Qué significaba eso? ¿Acaso hacía referencia a algún videojuego al que se hubiera aficionado? ¿Haría referencia a alguna actividad que realizase en demasía últimamente? ¿Estaba haciendo un uso correcto de la palabra en su mente? Un momento, ¿realmente se podía decir “en”-viciar? ¿No era ese algún error gramatical propio del mal uso de la lengua por parte de una población menos ducha en la palabra?

No sabía si hacía bien, pero se decidió a buscar en el diccionario y aclarar sus dudas. Sorprendentemente, la palabra enviciar aparecía con cuatro acepciones: 1.- Corromper con un vicio; 2.- Dicho de un planta: echar muchas hojas y poco fruto; 3.- Dicho de una persona: aficionarse demasiado a algo, darse con exceso a ello; 4.- Dicho de una cosa: deformarse por haber estado mucho tiempo en mala posición.

Bien, había comprobado que la palabra existía pero, ¿ahora qué?

–  Veo que has decidido aumentar tu vocabulario – comentó con sorna el padre mientras entraba en la habitación de su hija. Lucía aún tenía el diccionario entre manos-. ¿Acaso no he conseguido enviciar tu alma con el amor por los misterios? ¿Acaso mis juegos no han impedido que el árbol de tu conocimiento se envicie? ¿Acaso me he enviciado yo sobremanera a las pruebas mentales? ¿O acaso tu mente se ha enviciado por el desuso?

–  Estás loco papá…

–  Eso mismo dice tu madre, pero prefiero pensar que lo poco habitual de mi comportamiento entre las personas que nos rodean influye en la perspectiva desde la cual lanzas ese comentario claramente hiriente. A pesar de ello no me dejaré influir por sus connotaciones negativas y mantendré mi costumbre con la misma diligencia mostrada hasta la fecha.

–  ¿No vas a ayudarme?

–  ¿Qué pregunta cabría hacerse? – respondió su padre repitiendo las palabras que estaban escritas en la última pista hallada por su hija.

Su verborrea no era la usual. Sólo hablaba con ese estilo de marqués de finales del XIX durante el desarrollo de alguna prueba o “búsqueda del tesoro”, como lo llamaba él a veces.

La mente de Lucía analizaba rápidamente y en perfecto orden todo aquello que había pensado desde que leyera la pista. Enviciar… enviciar… enviciar… – repetía una y otra vez suavemente como si con cada nueva articulación se fuera alejando más y más de la realidad y adentrándose en algún rincón desconocido de su cerebro.

He dudado de la corrección de la palabra –, comenzó a decir Lucía mirando hacia ninguna parte mientras su padre la observaba aún desde el marco de la puerta – y he pensado… ¿no es sólo viciar, sin “en”? Porque nunca antes había leído la palabra escrita de esta forma, o eso creo. Y ahora que he descubierto que enviciar existe, me pregunto: ¿significa lo mismo que viciar a secas? – miró a su padre inmóvil, observándola fijamente con atención -. Y finalmente sacio mi curiosidad – continuó diciendo -, y busco viciar en el diccionario…

¡Bingo! Allí estaba la siguiente pista, entre las páginas 874 y 875. Dejó escapar un largo suspiro y se tiró en la cama con la nueva pista en la mano y el diccionario aún abierto a un lado.

–  Aún no has leído qué pone – le recordó su padre mientras se acercaba a ella.

–  No sé si tengo fuerzas para continuar en este momento – resopló Lucía.

–  Tranquila, ya es el final…

Lucía miró rápidamente qué ponía en aquél nuevo pedazo de papel: “Debajo de tu almohada”. Dio un brinco y se incorporó, levantó la almohada y encontró un par de entradas de cine para la nueva película que llevaba tanto tiempo esperando ver.

–  ¡Son para dentro de una hora! – Exclamó cuando las hubo mirado -. ¿Y si no las hubiera encontrado?

–  Yo confiaba en ti – respondió su padre acariciándole el pelo-. Ahora corre, ¡vámonos o llegaremos tarde!

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