eGo.

-Tienes que trabajar los diálogos.

-¿Y cómo hago eso?

-Explora. Acentúa. Indaga las esencias de los demás. Párate y respeta las pausas que el tiempo exige. Pero sobre todo, dialoga.

-Estoy solo.

-Estás callado.

-Estoy mudo.

-Estás en silencio.

-A veces el silencio es bueno.

-Solo cuando hay memoria.

-¿Y no es la escritura un parcial silencio que nos lleva irremediablemente a la desmemoria?

-Esa es cosa de lotófagos. La escritura hubo de nacer para ser surco del silencio, como los otoños que pasan por las arboledas y pintan todo del color del tiempo. La primavera lo sigue inexorable, pero no por ello el otoño es menos otoño. La escritura invita al olvido, un olvido útil para una memoria que durará siglos, y que se tornará millones.

-…

-Y aunque estés solo, siempre puedes dialogar contigo mismo.

-¿Cómo es eso posible?

-Describiéndote.

Describiéndome.

Sabiéndome finito, terminado, encerrado en un espacio. Entrando por la boca y saliendo por… Bueno, saliendo. Viendo los dientes, como pequeños trozos de aquella caja que encierra mi cerebro. Mis dientes. Es cierto que durante mi infancia, ya después de que los dientes de leche fueran derrotados, tuve una dentadura perfectamente alineada. Pero el paso del tiempo ha hecho estragos en mis incisivos y caninos y molares y premolares y en todo. Ahora llevo mis orejas más grandes y mi nariz más larga; ambas tres cosas arrojan una especie de sombra, o más bien de penumbra sobre el resto de mi rostro. Tienen el tamaño suficiente para que la sombra esté siempre ahí, no importando dónde se encuentre el foco de luz. Me pregunto muchas veces si esta, la sombra infinita que ha conquistado los territorios de mi piel, es la que provoca que esté yo aquí, observándome y describiéndome, como si no tuviera más espejo que mi propia imaginación y mi propio subconsciente. Los considero los mejores y más fieles espejos en los que pueda mirarme. Incluso, por la postura que estoy tomando, puedo ver reflejado mi pecho. Normalmente siempre lo tengo abierto. Muchas veces me pregunté por qué no entraba nada ni nadie en él, en mí. Porqué no se anegaba mi pecho del mundo de fuera y quedaba todo mi estómago manchado de pequeñas y perfectas gotas cuya tensión superficial fuera imposible de calcular. No se calcula el mundo ni las distancias, las de verdad. Me lo pregunté muchas veces hasta que dejé de hacerlo, por creer que quizá aquellos pensamientos hicieran ruido también dentro de la cavidad de mi pecho y no dejaran un espacio tranquilo donde el mundo y tú y ella y nosotros todos pudieran y pudiéramos descansar. Mi mente recogió siempre mucho mejor el mundo de fuera, mejor que mi pecho. Mi mente siempre gustaba de hacer las camas y limpiar el suelo de polvo, de servir bebidas frías oportunamente, y calientes. Siempre supo alojar el mundo como en un gran hotel donde todo es concierto y todo es ajeno a lo real , a lo que hay detrás de tanta perfección, de tanto estaticismo y de unas camas tan bien hechas. Mi pecho no; era como un astro en cuarto menguante, se cerraba cada vez más y siempre aparecía y desaparecía. Mi pecho nunca mostraba la otra cara, gustara o no gustara, y con un sentimiento atroz y catastrofista. Mi pecho nunca supo analizar las situaciones ni recibir a los huéspedes fríamente, con tiento y cálculo, con el sosiego propio de un mozo porterías. Mi pecho fue siempre pasional, bondadoso en el fondo, pero pasional. Y las cosas pasiones son también astros en cuarto menguante. Siempre me fie de mi pecho.

A todo esto, las piernas hablaban poca veces, y pocas veces se quejaban. Eran el reflejo del trabajo, ese trabajador incansable que tiene las manos agrietadas y no tiene voz. Lo único que poseen los trabajadores es la tranquilidad de alimentar a su familia, porque los han abandonado, los han convertido en individuos. No. Así este mundo está condenado, y mis piernas no se quejan. Yo sé que no quieren seguir andando, pero siguen. Yo nunca comprendí muy lo que que querían expresar, así que lo único que pude hacer fue tratarlas lo mejor posible. Tengo que decir a su favor, que eran bastante largas.

-Bien.

-Estarás contento… No pienso hacer esto más. Me parece, además de una insensatez, una inmoralidad.

-¿El qué? ¿Cantarte a ti mismo?

Cantarme a mí mismo.

Me paro a mirar mis letras,

esas que me dieron en un papel escritas,

y no puedo evitar alzar la mirada,

echarla a volar y que se pose

en los ojos

de la gente.

No puedo evitar que el clima

se adormezca,

y se despierte

lo involuntario a un tiempo.

No puedo evitar adornarme,

porque me encuentro turbio y no comprendo,

no me comprendo.

Ya hace tiempo que

no deseo mirarme.

Para no observar mi ridículo,

que el suelo se hunde

un tanto bajo mi silla,

no tanto por peso,

no tanto por exceso.

Sino por ego,

mi ego que se desliza siniestro

por entre mis dedos,

loco y ciego del paso

tuyo,

y del paso de todos.

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