Todo el espacio del mundo

Había muerto. Los veía desde arriba y también se veía a ella misma, tumbada sobre la cama del hospital, inmóvil. Eran las 5 de la mañana y su marido y su hijo dormitaban como podían en los incómodos sofás del cuartucho blanco e impoluto, sin saber, evidentemente, que Yolanda perdía la vida justo en ese instante. Fue una elevación, y de repente ocupaba todo el espacio, y cuando digo espacio no me refiero solo al espacio de la habitación donde su ‘yo’ material yacía, sino a todo el espacio que seamos capaces de imaginar dentro de nuestros límites físicos y terrenales. Quería marcharse cuanto antes, pero una fuerza que no alcanzaba a comprender la impulsó hasta su familia, y abrazó a su hijo. Al menos hizo el intento de abrazarlo con unos brazos que no existían, con un cuerpo etéreo, sin forma toda ella, suspendida en el desasosiego de no sentir… pero tenía que irse.

Marquitos abrió los ojos, como si supiera lo que pasaba, y se sobresaltó al ver a su madre en la cama, sin duda por la impresión de la situación en la que se encontraba su progenitora o tal vez porque en el duermevela Marquitos imaginaba que estaba en casa, en un hogar cómodo y confortable que se desvaneció cuando la realidad lo golpeó mortalmente. Se irguió, inquieto, lo cual despertó a su padre, quien observó la falta de pulsaciones de Yolanda. En un minuto, el cuarto estaba lleno de enfermeros y enfermeras, luchando por salvar la vida de aquella mujer, que aún seguía en la habitación, riendo divertida ante la inutilidad de los actos de aquellos pobres demonios. Sin embargo, un súbito escalofrío recorrió su ser de forma casi imperceptible. Sintió un cosquilleo, luego los dedos hormigueando y se le ruborizaron las mejillas, al instante se vio las manos, estaba regresando a su cuerpo y una tremenda descarga la hizo estremecer… Sentía latir un corazón.

Es curioso que en estos momentos cualquier resultado derive en un mismo final: el llanto. Tanto padre como hijo descargaron toda la tensión que acababan de vivir a través de un torrente de lágrimas, lo mismo que habría pasado si Yolanda estuviera muerta, con el deber cumplido de a quien le ha llegado la hora y parte presta hacia su destino. Pero no fue así. Estaba viva. Sentía a su pecho subiendo y bajando, un mechón de pelo le tapaba el ojo izquierdo y la sensación era extraña. Ya no ocupaba todo el espacio, solo aquel que reclamaba su cuerpo… aunque no era como antes: Yolanda no sentía las piernas. “No siento las piernas”, musitó casi pidiendo perdón por lo que estaba sucediendo. Se pedía perdón a ella. Era terrible. Pudo haber escapado de toda esta mierda y se quedó para descubrir el lado más rastrero y sucio de la vida. Se quiso morir y recordó que no se dan segundas oportunidades.

“No siento las piernas”, dijo, ahora en voz alta para asegurarse de ser oída. Casi le entra la risa al acordarse de Rambo.

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