Coleccionistas de lujo (II).

(Inicio de la historia)

Primero unas pequeñas luces en el borde del escenario, luego unos focos en el techo y finalmente dos grandes haces de luz: uno iluminando un atril vacío y el otro apuntando a un lugar del escenario donde se exhibirían los objetos. Un hombre delgado, con un traje negro hecho a medida y corbata gris perla se situó tras el atril. Rellenó un vaso con el agua de una botella de cristal, colocó con cuidado un portafolios y después de lavarlas con una gamuza se puso las gafas.

—Bienvenidos señoras y señores. Es un honor para mí dirigir esta subasta en la que participan algunos de los coleccionistas y fortunas más poderosas de todo el globo. Durante esta velada podrán obtener todo aquello que en otras subastas no podrían ni siquiera ver. Así que acomódense en sus asientos, consulten los fondos de sus cuentas bancarias y abran los sentidos. ¡Qué comience la puja!

Discretos aplausos pudieron escucharse procedentes de los otros palcos. Aquello parecía más un espectáculo excepcional que una simple puja donde rellenar talones con caligrafías elegantes y firmas llenas de florituras.

—Demos paso a nuestro primer producto. No cabe duda de que la belleza eslava atrae todo tipo de miradas. No creo que los grandes coleccionistas que hay hoy aquí pasen la oportunidad de tener en su colección a estas dos maravillosas piezas gemelas, simétricas, de un material muy parecido al mármol.

En el escenario aparecieron dos gemelas pálidas, delgadas y temblorosas, pero preciosas. Ambas estaban enfundadas en vestidos negros y colocadas sobre dos pedestales de metacrilato, la una agarrada a la otra.

El pulsó se me aceleró, el sudor frío me bajaba por la espalda formando una riada. No podía creer lo que allí estaba pasando, se estaban subastando personas como si de otros objetos se tratase.

—Empezamos la puja en cien mil dólares.

Me levanté sorprendiendo a la azafata rubia quien se apresuró a preguntarme qué deseaba. Me disponía a pedirle que me abriese la puerta cuando un piloto verde se encendió en un punto de otra habitación. No podía creer que realmente alguien pujara por otra persona. Volví a mi asiento pidiendo otro whisky.

—Doscientos mil, trescientos mil… Medio millón a la una, medio millón a las dos, adjudicado al cliente de la habitación ocho.

La puja continuó por el camino que había empezado: tres miembros de una tribu africana jamás vista por el hombre antes, dos asiáticas forradas en piel de serpiente, una composición de pelirrojos perfectamente colocados… No sé si fue el nivel de las pujas, los grados del whisky o el capricho que me iba haciendo suyo, pero empecé a pujar; no para llevarme el artículo, si no sólo para sentirme parte de aquello, que los demás postores supieran que yo andaba por allí.

—Señoras y señores, ha sido una magnífica subasta, no esperaba menos de ustedes. Todos menos nuestro nuevo invitado, más tímido, se han llevado alguna de nuestras preciadas piezas. Espero que hayan disfrutado, volvemos a vernos en un par de meses. Buena suerte en sus próximas pujas.

Desde aquella noche no he dejado de asistir a ninguna de las subastas organizadas por esta organización, y ya no me limito a mirar, dejo que mi pluma vuele por el talonario, fantaseo con cual será la escena que formaré con mis adquisiciones: los presentaré por continentes, indios contra vaqueros, una gradación del tono de piel… Te invito a que entres en el mundo de estas subastas de lujo, a que dejes que el deseo te descontrole la moral… O quizás, si tienes algún lunar extraño, un color de ojos inusual o alguna deformación curiosa puedas entrar a formar parte de mi colección. Vigila tus espaldas, quizás tienes más valor del que crees.

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